Una de las tantas veces que escribí sobre hermano, para perdonarme, para entender, para liberarme:
Mi hermano nació con una maldición que lo hizo vivir prisionero casi toda su vida.
Para cuando le diagnosticaron la esquizofrenia ni yo, ni mi familia, ni los médicos de esa época, tenían demasiada información sobre el tema. Nos dijeron tantas cosas y nos aconsejaron tantas otras que la mayor parte de su vida probó tratamientos, terribles, dolorosos, para que finalmente, lo encerráramos.
Pero él era un pájaro. Se escapaba de sus jaulas siempre. ¿Cómo lo hacía?, no se sabía, porque tenía carceleros fieros pero él, siempre los burlaba. No había forma de tenerlo prisionero, en esas épocas terribles de dictadura, cuando los jóvenes no salíamos a la calle sin documentos, él que nunca tuvo los suyos porque se los quitaban, sin otra cosa que el uniforme de su manicomio, burlaba a todos: volaba, se escapaba.
Mi hermano era muy inteligente, leía muchísimo y le apasionaba la geografía. Sin embargo a los médicos no les importaba ese detalle. Mi hermano era peligroso porque en su cabeza las voces lo enloquecían de una manera que la furia lo dominaba y golpeaba a todo lo tocaba. Ni el chaleco de fuerza lo sujetaba. Su locura era de una dimensión extraordinaria.
Era un pequeño pájaro, estoy segura, delgado y de piel tan blanca, renegrido los ojos y el cabello. Era un hombre bello que cuando escapaba, en el limbo de su locura, se transformaba en pájaro. Porque no hay forma de explicar sino, como podía siempre evitar que lo rastrearan y lo llevaran de regreso.
Eso creía cuando era casi adolescente, mi hermano aprendió a volar y cuando lo encerraban, se escapaba con tal precisión que nunca lo podían rastrear.
Cuando se escapaba regresaba a casa hecho un desastre: tiritando de frío, con el cuerpo en un temblor intenso, por el castigo del electro shock, asustado y furioso por su jaula medicamentosa. Y al poco tiempo, otra vez, conseguíamos otra jaula. Le teníamos tanto miedo a esa locura suya de escuchar voces que lo azuzaban contra nosotros.
En uno de esos escapes una lluvia intensa le mojó las plumas y lo encontraron tirado, ardiendo en fiebre. Esa fue la única vez que lo rastrearon, que lograron encontrarlo; él, se murió de una infección pulmonar…dijeron. Supe que se murió porque le rastrearon su vuelo y porque su sufrimiento, ya era mayor que su locura.
Entendí, después, que se murió porque ya no soportábamos más sus locuras de oír voces y atacarnos, porque no entendíamos lo que le pasaba en su cabeza y porque no soportaba más electro shock y pastillas a granel. Sé que la neumonía fue una forma de encontrar al fin la libertad de la muerte.
Cuando fui a verlo…en su cajón de hospital mental, todos los locos lo lloraban, mucho más que nosotras por supuesto. Y nos acompañaron con babas, lágrimas y mocos a dejar el cajón en la tierra, rezaron con el cura un padre nuestro que sonaba a letanía, en su locura, los otros locos, amaban a mi hermano como nunca pudimos amarlo nosotros.
Fue una escena increíble, ahora puedo escribirlo. Sola con mi única tía, acompañada por un cortejo de locos, poniendo el cajón del pájaro dentro de la tierra. Después, en la estación de trenes ellos fueron nuestros acompañantes, se despidieron en el andén con un adiós sincero, con llanto verdadero, nosotras agotadas por una tristeza que no habíamos logrado expresar en todo el velatorio, nos dejamos abrazar porque supimos que finalmente algunos, lo habían aceptado y querido así, con sus voces en la cabeza y con su vuelo de pájaro que cada tanto, recuperaba.
Escribí esto y otros relatos, algunos hasta en primera persona, como si la ezquizofrénica hubiera sido yo, para perdonarme, para entender, para olvidar que odié a nuestro hermano. Que me daba mucha vergûenza tener un hermano loco, que quería tenerlo lejos, que nunca pude entender cómo lograba escaparse y aparecer.
Hoy repito el relato por vos, ya no estás conmigo, ni con nadie, pero fue tu hermano casi gemelo de edad, fuiste la única que las voces en su cabeza respetaron, más que a su propia madre. Sin embargo, jamás hablamos de ello. Y en nuestras vidas, que se alejaron y juntaron muchas veces, no tocamos el tema. En mi caso era miedo, vergûenza, rabia, todo eso junto. Quiero adivinar que tus motivos para no hablar fueron otros.
Tener un hermano un año menor te habrá hecho soñar con un compañero de bailes, con un amigo de charlas, con un amigo con amigos para compartir, con un hermano lindo para presentarle a tus amigas. Vos en tu adolescencia fuiste tan sociable. Incluso en nuestra época paradisíaca de Cinco Saltos, nuestro hermano era impresentable. No habían comenzado sus ataques de furia pero era un ser extraño, se alejaba, era obvia su enajenación.
Creo adivinar que mientras fueron niños y jugaron juntos, soñaste con un hermano varón como los de nuestras primas y alguna amiga. Incluso creo que lo maternaste como lo puede hacer una hermana mayor, Pero nada de eso sirvió. Al principio, en la niñez, fueron sus convulsiones y un diagnóstico de epilepsia que te alejó un poco. Después fue su extraño mundo donde se refugió casi en silencio hasta sus casi veinte años y allí, estalló la locura. Creo que no lo superaste. Tampoco yo, pero como me puse a odiarlo, lo expulsé de mi vida, tal vez por eso, en su final, pude estar. Vos no pudiste odiarlo, no sé si odiaste, ni siquiera sé si pudiste odiar a los amantes que te abandonaron cuando entregabas todo de vos.
De qué otra manera justifico tus ausencias en los momentos duros. No todas las personas pueden soportar ciertas situaciones. Pero hoy lo sé, antes…también hubo momentos en que quise borrarte de mi vida, momentos de vergûenza, y rencor. Por suerte tuve la oportunidad de arrepentirme todas las veces y pude, en cierta forma, auxiliarte o obligarte a vivir un año más, cuando tu marido y su familia miraron hacia el costado, te obligué a que te diagnosticaran el cáncer, te obligué a tratarte, te di un año más de vida, quizá el mejor que tuvimos y después, no quise verte morir.
¿No quise o no me dejaron? Es la primera vez que me lo pregunto.
Todo esta especie de romanticismo, en un paréntesis, mientras yo me hacía ideas de ser de izquierda en las puertas de la Universidad, mientras vos pasabas hambre o insuficiencias, te seguías enamorando, a tu manera, y justificando lo bien que iban creciendo en tus dotes inentendibles, ( esotéricas?), todo eso necesito para contar.
Ni siquiera sé si estoy contando. No cuento lo sucio que era Buenos Aires, lo mágico de poder entrar a un teatro, lo maravilloso de escuchar jazz o Piazzolla, no cuento que mientras tanto vos vivías en tu pequeño apartamento soñando quedar embarazada y yo, del otro lado soñaba con no quedar embarazada. Que mientras a vos el amor te fue negado, yo estaba tan enamorada como la primera vez: eso quiere decir ingenuamente, idiotamente, juvenilmente…corrijan, estos adverbios no deben usarse en la buena literatura. Pues no tengo una buena. Tengo esta: la que pude. También la que quiero.
Todo tecleado con demasiada delicadeza. Me pregunto:¿ cómo lo contarías vos? Te veo sentada aquí, a mi lado, sonriendo, diciéndome te olvidaste esto o aquello. O preguntándome: te acordás de:…? No, no me acuerdo, mi memoria recuerda lo que puede o quiere, es como su dueña. A veces romántica, a veces olvidadiza, otras veces cree recordar con exactitud.
Nada nunca nadie podrá narrar aquellos años de nuestras vidas. Qué estoy haciendo ahora? Me estoy perdonando. En mi vida hubo momentos de ser muy inflexible. Necesito perdonar la joven idealista que fui. En ese año que duró mi presencia en la Universidad creí que arreglaría el mundo, creí y me obstiné en seguir a distintos grupos de izquierda en un momento crítico de Argentina. De pura rebeldía entraba y salía de uno y de otro. Cómo hubiera podido permanecer al lado de un líder revolucionario de izquierda, intelectual de coeficiente superior a cualquier mortal conocido, si yo también, no me activaba políticamente…( muchísimos años tardé en darme cuenta que también se podía ser intelectual, de izquierda y machista).
Vos nunca intervenías, no abrías la boca sobre política, pero me salvaste siempre. Como de niña, como de adolescente. Así actuaste cuando años después, yo una mujer de veinte con un hijo, disparaba por mi vida, enroscada para siempre en una maraña difícil de destejer. Vos estuviste, lejos o cerca, defendiste a tu hermana menor. Mal o bien, como podías, todos hacíamos en esos años oscuros lo que podíamos.
Es necesario dejarte por hoy…miro tu foto, aquí a mi lado y sé que debo de escribir más y mejor. Debo de ser más precisa, más objetiva, pero me embargan tantas emociones. Esto de saber que ustedes, todos, ya son sólo fotos al lado de mi computadora. Que he superado a todos en edad y sigo aquí y me creo, hago el esfuerzo de creer que es para contar historias, entonces sigo viva. Y desde hace algunos años me justifico, no sé porqué, mi razón de seguir viva es VIVIR PARA CONTARLA, un título reflexivo que me dejó GGM.
Tengo que dejar de escribirte y escribirme por lo menos por un día o dos…cuestión de salud mental y de letras.

También me gustó, hay una tristeza en el aire, un deprendimiento de los afectos, hay contrariedades entre amor-odio. Soledad, roturas y a pesar de todo, en el fondo creo que te hubiera encantado que tu hermana fuera feliz, creo que eso te duele todavía. Estás haciendo un diario de la revelación de una familia, con sus misterios y secretos.
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