Contarte es contarme?

«¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero, sobre todo, a nosotros mismos».

 Julian Barnes

(«El sentido de un final»)

Te he escrito y disfrazado montones de veces. Y ahora que tu muerte es un punto lejano, no por eso menos doloroso, tengo que desnudarte. Tengo ese derecho?

Ahí estaba yo en la Radio de nuestro pueblo, mirando asombrada como aquel locutor que amaban las obreras costureras, madre, tías, primas e incluyo abuela, era un señor casi pelado, algo gordito, con un bigote ridículo y una voz hermosa. El otro, el principal de la novela, que lanzaba sobre el micrófono una voz de terciopelo era un hombre delgado, alto, desgarbado, desprolijo en su vestir, altisonante con su voz de terciopelo. Qué risa. No había nadie allí, nadie, siquiera como la mitad que imaginamos.

Y también estaba esa fábrica de sonidos, un montón de instrumentos desconocidos que ofrecían vientos, pasos, carretas, puertas que crujen y otros y otros. No sé si me quedó algo por inspeccionar.

Sin dudas eras la más joven y atractiva. Leías bien, si lo sabría yo que fui alimentada por tus lecturas y aún te escuchaba en las noches. Pero cuando ibas a la Radio y te acompañaba, te escuchaba atenta porque de noche, te ayudaba con los diálogos. Te escuchaba con miedo a que te equivocaras ( o con deseos que lo hicieras?)

  • No cuentes en la casa de la abuela como son las personas del radio teatro, lo importante son sus voces y su interpretación.

Qué feliz fui cuando te desobedecí, cuando me reí a carcajadas y conté lo que había visto. Odiaba a las obreras de las agujas, odiaba que me pusieran a cebar mate porque era incapaz de hacer nada útil en aquel taller. Y disfruté arruinarles el romance con la Radio.

Sacudiste tu cabeza bien peinada. No dijiste nada. Esa noche repetimos tu libreto cuatro, cinco veces. Te salía mal, decías, linda forma de castigarme.

Por suerte el director del radio teatro te aconsejó un grupo de teatro que comenzaba sus primeros pasos. Allá fuimos. Allá te aceptaron.

  • Eso, dijo mamá, hay que consultarlo con tu padre.
  • Por qué?
  • El teatro es otra cosa…( cuál sería la diferencia), y si hay ensayos de noche, la nena (yo) no te puede acompañar.

Y esa noche, además de ensayar uno de tus últimos capítulos para la Radio, ensayamos la forma de hablar con papá.

Era invierno y teníamos a papá en casa, época de citrus, así que al otro día lanzaste la bomba en la mesa del comedor. Llegué tarde, el Colegio tenia más horas que las Escuelas Públicas.

Papá, serio más que de costumbre, negaba con la cabeza. Mamá insistió que él era en parte culpable: a qué llevarnos a la ópera y al teatro cuando íbamos a visitar a la abuela paterna en capital?

Tres o cuatro días dijo que no papá. Mamá te ayudó. Siempre lo hacía. Y así fue como pasaste a ser actriz de teatro. Y así fue como agilicé mi memoria para ayudarte con los libretos y así fue como un día, once años tendría, descubrieron mi buena memoria y facilidad de lectura, me dieron algunas veces, el oficio de apuntador. Descubrimiento que me hizo bastante feliz.

  • No quiero que pase leyendo teatro, dijo mamá, tiene buenas notas. Ella tiene que estudiar.

Ella tiene que estudiar. Por qué yo sí y ella no? En ese momento no lo pensé. Dupliqué mi esfuerzo y creo que dormí muy poco hasta que la obra se estrenó.

Cuando lo hiciste te vi radiante, te vi inmensa, te vi como nunca te había visto y me contagiaste la sonrisa y el aplauso que recibiste, también fue mío.

Amor fraterno, celos fraternos. Acaso no se trata de eso tener una hermana?

Tu felicidad y tus estudios avanzaban, mis notas brillantes de fin de año pasaron casi desapercibidas, así lo sentí entonces, papá tenía que ir otra vez al Sur y nuestro hermano desmejoraba cada día. Había comenzado a convulsionar. Mamá se dedicaba a él casi todo el tiempo.

Empezaba la educación secundaria y tenía miedo, pero tu carrera actoral, la enfermedad de nuestro hermano y la lejanía de papá, quitó importancia al hecho de comenzar secundaria con tan poca edad.

Aún quedaban los mejores y los peores días…

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