Empezar por el principio

Qué fácil es contarte y contarme si empezara por el principio. Pero cual principio?

Tu llegada al mundo, después de la hermanita muerta antes del año, fue anhelada, buscada y festejada. Debiste ser, observen el verbo porque es pura suposición, la nieta e hija más mimada.

Pero no se remplaza a nadie, solo se suplanta el dolor por una felicidad que siempre, penderá de un hilo. Así te cuidaron. Así te observaron y preservaron. Y al año, nació nuestro hermano varón. No sé porqué en esa vieja foto que toda la familia guardó, yo también, abrazas al bebé gordito, con un auténtico aire maternal. Una beba de dos años y su bebé de verdad. Cómo habrá sido? Unos años después, cuando la esquizofrenia paranoica estragó la mente de nuestro hermano, nunca fuiste víctima. Nunca te atacó y más de una vez, tu grito a su furia, nos salvó. Tendría él en su memoria tu maternidad precoz?

No sé. Dije que desde el principio. Pero tu principio fue diez años antes que el mío y no tengo recuerdos hasta llegar a Cinco Saltos.

Pues si el principio lo recuerdo en aquel Sur de Argentina, el otro que recuerdo bien es el regreso a Concordia. A la familia matriarcal donde nuestra abuela aún dictaba lo bueno y lo malo. Sin discusión.

Tengo que contar desde el principio y sin embargo me saltan recuerdos aislados. Qué tendría que hacer con ellos? Contarlos por separado?

En Concordia mamá compró un terreno frente a la casa de la matriarca, nuestra abuela. No sé si fue del agrado total de nuestro padre porque lo hizo en uno de sus incontables viajes al Sur. Cuando regresó eran dueños del terreno y comenzaron la casa. Vivir frente a la casa materna tuvo sus ventajas y desventajas.

Mamá, típica canceriana dirías vos cuando muchos años después estudiaste astrología, nunca pudo estar lejos de su familia. Y nosotros nunca la completamos: su familia era con su madre, sus cinco hermanas y un hermano. Incluso creo que por momentos ocupamos el segundo puesto. Hubo espacios de gloria, seguro fueron Apóstoles y Cinco Saltos. Pero en su ciudad la casa matriarcal formaba su eslabón primordial. Y ahí era donde se cocinaba, literalmente los cerdos y los embutidos caseros una vez al año, los chismes familiares una vez al día.

No puedo saber si a vos en tu adolescencia, después de Cinco Saltos, te gustaba ser la comidilla de esos chismes. Sé, estoy segura que andabas buscando un lugar en tu vida y como te gustaba tanto cambiar de novio y salir a bailar, papá decidió que era bueno que fueras unos meses a la casa de su hermana Luisa en Buenos Aires.

Gracias a esa hermana favorita de mi padre, me llamo Luisa. Vos decías que te habían puesto el nombre de las dos tías más locas de la familia. Tenías esa sensación. Creo que no eran locas. Una se casó con un millonario y fue la única auténtica rica de la familia y la otra, la mujer más trabajadora y buena que conocí. Nunca supe porqué las sentías locas y nunca lo dijiste, lo encontré escrito en tus innumerables papeles.

Te fuiste a Buenos Aires, con la tía Luisa y la prima Lidia que te llevaba unos diez años, por mi parte y a mi pesar, me fui al Colegio Católico.

Sigo sin saber si esto es el principio…

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