Vacaciones y otra vez, la casita de la playa. La prima Juana iba con vos y sus padres , iban después. Tu amigo Miguel ya estaba en la playa.
Te llevaste la pelota, esa que en Navidad te regaló tu papá y te dijo: es una profesional.
Te la va a pinchar el vecino, no quiero llantos. Eso dijo tu mamá pero vos volviste a buscar tu pelota. Es que una chica de once años que juega tan bien al fútbol , merece, pensaste, ir una vez con una buena pelota. Y lo del vecino, bueno , eso era cierto, siempre que caía la pelota en su casa te la devolvía por encima del cerco, pinchada.
Este año será diferente, pensaste en todo el entrenamiento, en los goles que metiste, en que fuiste titular. No, este año no se te escaparía un tiro errado, menos aún con una “ profesional “.
Al segundo día armaron el partido. Vos con Miguel y Juana con un amigo. Empezaron bien, sudaron y se rieron de tu grito: ojo con el vecino. Y justo así riéndote, pegaste un patadón desviado, el aire del mar soplaba fuerte… Resultado: la pelota otra vez en la casa del vecino.
No!, fue el grito de los cuatro que jugaban. Vos no demoraste un minuto, saliste corriendo, el pelo al viento y las mejillas coloradas. Te sentiste más valiente, más Julieta que Juli, como te decían. Golpeaste las manos en el portón del vecino, decidida. Iba a aparecer el viejo, ya tenía como cuarenta dijo un día tu mamá, y le ibas a rogar que esa pelota no. Le ibas a explicar, tenia que comprender.
Pero el vecino no salió. Lo que se asomó fue un perrazo enorme que ladró dos veces y después gruñó con el lomo erizado. No!, fue el grito de tu prima y tus amigos detrás tuyo.
La pelota estaba cerca, el perro más lejos. Una excelente jugadora podía ganarle. Así que abriste el portón con cuidado y te lanzaste, como atajando un penal. Caíste arriba de la pelota y la abrazaste, cuando levantaste los ojos el perro, perrazo, estaba a tu lado.
Primero protegiste la pelota, lo miraste con un ojo y ante su fiereza comenzaste a llorar. Desde el otro lado del portón tu prima y tus amigos hicieron un silencio que te asustó más aún. Lloraste con más ganas, abrazada a tu pelota. Te iba a morder, iba a doler, pero esa pelota no la iba a pinchar con sus colmillos. Cuando sentiste una lengua babosa y tibia secándote las lágrimas, lo miraste. La cola se movía, te invitaba a jugar. Es un cachorro, gritó tu prima, un cachorro enorme!
Pararte sería como acepta jugar. Tiraste la pelota con la mano y Miguel la tomó del otro lado. El enorme cachorro corrió hacia el cerco pero vos fuiste más rápida. Saliste por el portón y lo trancaste. El perro te miró con angustia: jugamos, te decía su mirada.
Mañana compro una de plástico y te la tiro perrito lindo, le dijiste ya afuera. Cuando ibas corriendo a recomenzar el juego viste llegar el auto del vecino. Por primera vez le dijiste:
– Hola, vecino, cómo le va? – y te fuiste al encuentro de la profesional prometiéndote comprar una para el cachorro que lamió tus lágrimas.
