Lo que nunca tuve en Navidad fue nieve.
No vi renos, ni tuve Papa Noel, ni regalos caros.
No tuve cenas elegantes, ni bailes después de media noche.
No tuve borracheras propias, nunca comí demasiado. Aunque siempre hubo alguno que bebió mucho, alguna también, y una mesa desopilante de tanta comida.
No pasé hambre, no viví el frío, siempre un calor atroz, un pino que pocas veces fue natural y regalos tímidos, detalles, pequeñeces, pero nunca faltaron.
Tuve la viva tradición europea que heredamos de abuelas y abuelos, eso hizo comidas copiosas y extremadamente fuertes para nuestras navidades veraniegas.
Tuve con quien reír y jugar. Alguna vez accedí a acompañar a una misa de gallo, después me aburrí. Alguna vez canté en el coro religioso de mi colegio, villancicos en español, disfruté hacerlo.
A veces tuve la suerte de estar con mi padre, pero casi nunca y siempre lo extrañaba. Era muy divertido cuando se juntaba con la familia de mi madre.
Después del exilio mis navidades achicaron la mesa pero no las comidas. Hice fuerzas para borrar aquellas que eran del familión alegre, me adapté a mi núcleo íntimo. Mamá, que siempre estaba conmigo, lo sufrió más que yo y cuando brindaba, siempre repetía: “ por los que están y los que no”. Me rechinaba esa frase cada año.
Ahora quisiera decirle a mi madre: entiendo y quiero brindar igual que vos.
Tuve muchas Navidades hermosas. Muchísimas más que otros y otras. En el exilio aprendí esto de : día de la familia y me gustó. Aunque se redujera a mi marido, mis hijos y mi madre.
Nunca tuve Navidad con casa llena de amigos. Desde hace muchos años, cada vez más, es un encuentro íntimo.
No sé qué cosa siento. Si nostalgia o alegría, si costumbre o rebeldía tardía, si estoy alegre o distante. Nunca lo supe. No lo sabré pero tampoco es importante saberlo.
La felicidad de la infancia es un recuerdo que valoro y agradezco en estas fechas.
Nunca vi nieve en Navidad. Nunca pasé hambre ni frío. Fui muy feliz en mi infancia y me contenté en mi adultez.
Eso ya es más que suficiente. Gracias.
