(El verdadero comienzo de: “El ahogado más hermoso del mundo” tal y cómo no se conoce.)
Este es un relato que comenzó al margen de un autor maravilloso, con el mayor de los respetos por uno de sus más ingeniosos relatos quisiera contarles ahora, sin que posiblemente ni él lo pueda creer, el principio de aquel bello ahogado que apareció en un lugar del Caribe que, según su versión y eso es muy creíble, cambió para siempre la historia de aquel pueblito de pescadores toscos. Y sí es cierto que es la parte más hermosa del cuento porque, justamente algunos años atrás, ese hermoso personaje había comenzado su historia en el mismo océano Atlántico pero bastante más al sur.
Una de las partes más hermosas del cuento del autor colombiano es cuando la gente del pueblo decide llamar al ahogado, Esteban, porque ése y no otro era su nombre desde mucho tiempo atrás, desde su bautizo, desde el día lejano que su madre eligió el nombre aún en contra de la voluntad de su terrateniente esposo que repetía hasta el cansancio que su primogénito debería de llamarse José como su abuelo y él mismo, pero su mujer entre pujos y contracciones logró convencer a su riguroso esposo que su hijo rompería la tradición del nombre para bien de las futuras generaciones porque, Esteban, querido mío, es nombre de hombre bueno, de hombre sabio.
Así nació el hermoso Esteban, desgarrando a su madre con su tamaño excesivo y su cara angelical, rompiendo la tradición del nombre generacional y el corazón de sus padres que lo amaron sin fronteras sobre todo, después de enterarse que ese parto había costado un sangrado tan profundo en las entrañas de la madre que no volvería a dar a luz.
Paradójicamente, la historia de Esteban comenzó en una hacienda lejana al océano donde las tierras de su padre sin embargo, se parecían a aquél porque vaya si las había y de las buenas, con pasturas poderosas y excesivos verdes donde los ojos se pierden. Cercanos a la ciudad de Pelotas en Río Grande del Sur, José Da Silveira y Porto era un hacendado rico, honrado y trabajador. Desde el nacimiento de su primogénito y único heredero dejó de lado el exceso de cabalgatas y dedicó buen tiempo a su hijo, su deseo de transformarlo en un universitario era tan grande que murió, muchos años después, preguntándose si Esteban se había recibido de médico o de abogado. Pero como sucede casi siempre, los padres programan y desean, los hijos deciden y hacen.
Esteban tenía cuatro años la primera vez que fueron a veranear al mar, la anemia perniciosa de su madre exigía según los legos de aquellos tiempos una temporada de baños de mar y yodo más algunas cuotas de sol y mucho descanso. Esteban se enamoró del mar a los cuatro años y ese amor no pudo ser reparado por ningún deseo paterno, ni siquiera por el amor a su madre, quien se fue muriendo en poco tiempo más. Hoy en día se habla de niños prodigio cuando los pedagogos descubren capacidades que los destacan en áreas de la educación o el arte pero, Esteban, que fue un prodigio en su decisión de vivir junto al océano a cualquier coste y de amar solo aquella mujer capaz de soportar su vida cerca de la costa salada, fue también un niño con decisión precoz y persistente que sólo se murió el día que se ahogó, y ni aún así, porque sin querer el autor lo resucitó en el Caribe años después y bien sabemos que en ese escritor el realismo y la magia se confunden o mejor dicho, lo hacen confundir a uno.
Y es cierto que Esteban fue hermoso y grande desde siempre, los genes tuvieron y no que ver en el prodigio de su contextura y en la proporción equilibrada de un rostro bello. Tal vez esa belleza surgía de su obstinada forma de perseguir sueños o de su increíble manera de sonreírle a la vida.
Lo mandaron a un colegio privado donde aprendió su lengua y un inglés básico, mucho de religión, se las arregló bien con las materias duras y prometía ser un buen estudiante así que, don José se entusiasmó en soñar que su hijo no sólo heredaría aquellas tierras interminables sino que además, sería un profesional. No andaría por allí adivinando palabras sino que él sería una especie de erudito en ellas. Así soñaba en la galería llena de orquídeas salvajes y helechos gigantes mientras cuidaba el sueño cada vez más profundo en que se sumía doña Angélica.
Las notas de Esteban no obedecían a otro orden que rogar por vacacionar en el océano cada año y ver sonreír a su madre, lo uno primero y lo otro después. El mar lo atraía, lo seducía, sus sueños de bucanero, pirata, capitán de pata de palo, que eran sus juegos preferidos, despertaban las sonrisas de la madre y las carcajadas del padre. Su biblioteca, con el correr de los años, su fue llenando de aventuras salitrosas, donde el mar y el hombre que lo luchan se vuelven héroes en páginas de oleajes perennes. El niño, que se transformó en un adolescente alto y hermoso, amó el mar y el mar, seguramente, lo eligió a él.
No es difícil imaginar lo fácil que Esteban conquistaba en su ciudad a las morenas y rubias, era alto y fuerte, tenía un ángel intransigente que lo seguía a todos lados y dejaba su estela donde él pisaba. Lo amaron desde muy joven las brasileñas de toda clase social. Y él se dejó amar. Pero reservaba el corazón, la emoción más pura y la pasión más agotadora, para otras formas que no tenían ninguna huella femenina.
Sin embargo, a pesar de su vida tan sencilla, donde un padre rico y generoso le brindaba además horas de charlas pacíficas y planes de un futuro alentador, a pesar de sus buenas notas y de las muchachas que lo asediaban, a pesar de su bello rostro varonil y de su talla envidiable, Esteban tenía dos cuitas instaladas en el pecho: su madre que moría inexorablemente y el mar que se le antojaba quimera cada vez que regresaba a la hacienda.
Y aún a pesar de esas cuitas se fue a la Universidad de Porto
Alegre a mostrar su destreza en una carrera terciaria. Su padre se encargó de todo, de la ropa, del apartamento, de matricularlo y de los pagos. Esteban sabía menos que su propio padre del programa y de los profesores que le enseñarían a ser médico. Y su primer trimestre fue un fracaso total, le resultó claustrofóbica la Universidad, vagó por las calles, conquistó mujeres, bebió más cerveza que nunca y compró novelas de barcos y galeones portugueses, de los cuales con el tiempo, llegó a saber mucho más de lo que pensó alguna vez. Pero así pasaban sus días y las clases se le hacían insoportables, ansiaba llegar al mar, tener una pequeña embarcación, encallarse las manos de niño rico pescando y levando anclas. Soñó con emigrar en un gran buque extranjero, sin importar el cargo, limpiar la cubierta, correr las ratas, limpiar letrinas pero estar navegando, oliendo la sal, mareándose en el oleaje, sintiendo la presencia de su ser en la impotente voz rugiente del mar.
Aquel año apenas aprobó un par de materias para conformar al padre y no poner a su madre bajo más presión que la que ya tenía con la enfermedad y fue ese año, en los meses de primavera cuando su madre desistió de seguir intentando vivir.
Esteban volvió a la hacienda y la encontró agonizando sólo por besarlo por última vez, llorando como un niño aquel gigante hermoso le prometió a su madre, le susurró al oído que jamás dejaría de perseguir sus sueños. La madre murió sabiendo que su hijo viviría y moriría en el mar.
Ese verano fue su primer año de ver el mar sin sus padres a su lado, se tomó tres largos meses en recorrer cada recoveco, en conocer pescadores, en aprender lo que podía de la gente de la costa, obvió amores y bebidas y se metió de lleno a intentar navegar, se enredó con nudos y anduvo dando tumbos con timones y velas, incursionó mar adentro por primera vez pagando a dos viejos pescadores una suma extraordinaria para que lo dejaran acompañarlos, volvió vomitando y feliz, más feliz que un niño con su primer juguete. Se dio cuenta que tenía que cumplir el sueño de vivir junto al mar, la medicina era en ese momento el estorbo más grande para que su padre accediera a comprarle aquel trozo de tierra que venía pidiéndole desde hacía tres años.
Esteban regresó a la Universidad con la mirada torva y el deseo de tener una ventana por donde escapar. Y la misma Universidad se la ofreció en apenas unos meses más.
Para congraciarse de su fracaso universitario con el padre, decidió participar como oyente en un congreso estudiantil sobre cirugía menor. Allí aparecería aquella diminuta estudiante uruguaya, nieta e hija de una generación de médicos ilustres, Felisa Fagundez, una chica que amenazaba a convertirse en una mujer fatalmente hermosa. Se miraron de refilón por un par de días, al tercero tomaron café juntos y al quinto, ya se habían contado los dos, el amor por el mar, el odio por la carrera médica y la pretensión de huir en cualquier momento. Unas horas antes de su partida a Uruguay Felicia y Esteban se besaron por primera vez y se dieron cuenta que tenían un destino sellado.
El resto del año fue un desastre anunciado para el muchacho, necesitaba que llegara el verano para ir al mar y para ver a Felicia, su actividad con el papel fue escribirle cartas interminables que ella contestaba con papeles perfumados.
El padre de Felicia le envió una invitación para visitarlos en su mansión de Punta del Este, balneario que ya ostentaba la opulencia de algunos pero aún reflejaba el océano desde los balcones. Fue la primera vez que Esteban discutió seriamente con su padre y transgredió la orden de estudiar en verano. Se fue al Uruguay y llegó al balneario con el corazón rebosante de amor y los pulmones agitados por los vientos salinos.
El romance fue aplaudido en la familia Fagundez, no era mal partido el muchacho inmenso que venía de Brasil. Y además estudiaba medicina en una buena universidad. Las calificaciones no se comentaron. Antes de finalizar el verano se oficializó el compromiso, el padre de Esteban viajó aterrado a tierras extrañas. El casamiento se venía sin pausas ni oposiciones.
Se planificaba con ostentación para mitad del año, se discutían salones e invitaciones. Nada de eso se daría. En ese corto verano los enamorados planearon casarse sencilla y secretamente, viajarían a instalarse en un lejano puerto de Rocha, puerto de pescadores pobres y playas casi salvajes donde comprarían sus sueños con el dinero que ambos ya tenían en su cuenta bancaria.
La ruptura con las familias debe de haber sido escandalosa, se casaron y huyeron. Se instalaron en aquel lejano lugar donde el mar es océano puro, las rocas son diseñadas por el máximo Hacedor con precisión simétrica y la arena es el jugueteo de un viento lleno de sal. Edificaron sin problemas una bella casona cercana a la playa, no había luz, ni agua potable. Sin embargo pudieron con todo eso y también compraron un barco pequeño, aunque lujoso para la zona, donde se podía realizar el sueño de timonel del gigantón y pescar con su pequeña tripulación conocedora del oficio.
Esteban fue la figura del año en el pequeño puerto. Otorgó trabajo a muchos, era generoso y simpático, lo quisieron enseguida. Felicia agotaba su amor entre tanto paisaje marino y su marido que se convertía en el hombre más alto y más hermoso de leguas a la redonda.
Tuvieron una luna de miel que duró un año. El amor los poseía y el mar los atraía y los envolvía en sus fauces de oleajes. Compraron más tierras, pensaron en tener un hijo. Esteban salía de pesca todas las semanas y volvía lleno de nuevos proyectos con los ojos cubiertos por las mareas y los sueños de almirante. Fue justamente al año cuando una tormenta se tragó al Felisa 2, una horrenda e imprevista marejada de olas, espuma y vientos huracanados lo llevó para siempre. Esteban había salido solo a probar su nuevo barco, o a cumplir con su destino, el mar lo encontró desprevenido, soñando y navegando. No vio la tormenta, su eterna quimera de morir en aguas profundas se hizo realidad sin que él se diera cuenta.
Felisa lo buscó con toda la prefectura que hizo venir desde Rocha y aún desde Montevideo. Lo buscó meses, llamó buzos, llamó agentes extranjeros, rastrearon mar adentro y mar cercano. Esteban no apareció nunca más. El mar lo devoró.
Felisa no regresó con su familia, se quedó allí, compró más tierras, construyó un sitio lleno de cabañas que poco a poco se fueron ocupando con turistas. Se convirtió con los años en un fantasma. Nadie lograba verla nunca. La playa que cercaban sus predios comenzó a ser llamada La Playa de La Viuda. Sus tierras también, eran el paraje de La Viuda.
Años después alguien comentó que ningún pescador podía pasar por la zona, que el mar tenía allí una vuelta que arrastraba los barcos. También dicen que los bañistas no pueden nadar en esa playa. Es el lugar más misterioso y peligroso de la zona.
Hoy la zona de La Viuda figura hasta en el portal de Internet que anuncia turísticamente el lugar, Felisa sigue siendo un enigma, sólo saben de ella sus administradores y empleados, que tampoco comentan nada. La viuda es una anciana que vive de sus barcos y sus magníficas cabañas, hoy son lo más caro del lugar. Su dueña sigue encerrada en la mansión que construyeron hace más de cincuenta años. Dicen que es una mujer avara y pretenciosa que no habla con nadie y paga muy poco. Creo que es una mujer que perdió su amor en el mar y se ahogó con él.
Mientras Esteban navegaba en busca de la historia que inmortalizó el cuentista colombiano, su padre agonizó sin saber qué había hecho su hijo con su carrera universitaria y la familia Fagundez, se conformó con ver a su hija convertida en una maniática encerrada que hacía crecer una red de cabañas y barcos de pesca pequeños.
Pero Esteban seguía su viaje hacia el final del ahogado más hermoso del mundo para resurgir en aquel pueblito del caribe donde lo velaron y tiraron al mar después de amarlo sin conocerlo. *
* La historia basada en la lectura repetida de El ahogado más lindo del mundo, es absolutamente irreal y si algo se parece a la realidad, no me acusen, suelen suceder la causalidad y las casualidades también.
