Mi tío Roque y el tío Jorge. Y un montón más por supuesto. Pero destacables de ser nombrados, esos dos. Hasta la médula de buenos, sin un atisbo de maldad.
Buenos hasta el hartazgo, preguntándome muchas veces: cuándo van a reaccionar. Pero no, nunca nada nadie los hizo enfurecer o accionar mal.
Roque fue el esposo de mi tía menor y lo conocí con tres años de edad. Mi tía, elegante y con aires de una aristocracia que nunca fue legítima, se paseaba conmigo en las tarde de vuelta a la plaza. “ La vuelta del perro” la llamaban los lugareños. Parejas, hombres solos, mujeres solas y con sus amigas, giraban en la plaza principal a determinada hora, los fines de semana. La idea era conocer posibles conquistas. Mi tía tuvo la feliz idea de llevarme con ella. Vestía casi siempre polleras tubo, tacos agujas y chaquetas al cuerpo, negro con blanco, casi siempre.
En una de esas vueltas conoció a quien sería mi tío Roque. Y lo mantuvo varias vueltas convencido de que era viuda, por eso vestía con esos colores, yo era su hija. Mi tía me lleva dieciocho años. Esa fue su forma de conquista y durante algunos meses me paseó con ella y engañó al bueno de Roque. Hasta que el noviazgo se hizo imposible de postergar y el hombre bueno, pidió su mano. Todo atribulado frente a mi abuelo, era otro hombre bueno, y mi matriarcal abuela. A ella le molestó el apellido de Roque porque era de origen francés, hija de italianos la abuela decía que no era buena la relación con apellidos franceses, sus experiencias habían sido malas. Adoptó un tono despectivo que jamás abandonó y fue creciendo con el tiempo. Roque no se amilanó, estaba muy enamorado, soportó a la abuela, las bromas crueles de los cuñados y el apodo: “el manso”. Qué buen apodo: nunca lo vi enojarse. Ni aún en épocas difíciles con siete hijos y la abuela implacable, ni cuando ella quedó senil y había que cuidarla como a un bebé más.
Era manso, con una sonrisa hermosa y un carácter tan apacible que era imposible estar nervioso a su lado. Respiraba y transmitía paz. En una familia dedicada a la crítica sin tregua siempre fue el que ponía una broma para alejar los chismes. Nunca tuvo pereza para ayudar a la inmensa parentela que pernoctaba por una u otra razón en la casa de la matriarca. Ni tuvo vergüenza en cocinar o limpiar cuando las mujeres estaban ocupadas o para que descansarán después de una jornada extenuante. Amó sin treguas a mi tía y a sus hijos, como sobrina nunca dejé de sentirlo el mejor, el más bueno de mis tíos.
Tenía siempre una sonrisa en la boca y un cigarrillo encendido. Ese cigarrillo lo mató joven y murió de cáncer sin molestar ni quejarse demasiado. Era un hombre tan pero tan bueno que su recuerdo ni se percibe en hijo, hijas y nietos. Creo que eso sucede con gente demasiado buena. No tener un carácter fuerte te hace débil hasta en los recuerdos.
Jorge fue también un hombre bueno. Era el tío postizo de mis hijos. Íntimo amigo de su padre, los chicos lo adoptaron como tío. Era tan noble y bueno que creo que su amistad fue una de las cosas más lindas que me pasaron en la vida.
Jorge y mi difunto marido, montevideanos ambos, llevaban años siendo amigos. Tenía, además de una sonrisa fácil y un humor natural, una dislexia al hablar que hizo famosas algunas frases. Jamás dejó que esa burla por sus frases lo ofendieran, a él también lo divertían.
Jorge tuvo una vida no muy agradable. Una madre que lo descuidó bastante, un padre muy trabajador que logró arribar a clase media con su carpintería y un hermano menor que era su opuesto. No solo era alto y de mejor aspecto sino que era el favorito familiar y el gran macho alfa del barrio. Peleador, despectivo, golpeador de su esposa, gritón, mal educado… no voy a seguir, miles de epítetos no alcanzan.
Toda esa negatividad era exactamente lo contrario en Jorge. Nunca una mala acción, nunca discusiones ni peleas, el único que defendía a la cuñada golpeada.
Ni siquiera el amor lo encontró para premiar su bondad. Nunca le vimos una novia. Ni novio. Nada. Su felicidad familiar fueron sus sobrinos y los hijos de su amigo, mis hijos. Cuando mi marido se enfermó siempre estuvo, acompañó, cuidó y me alegró en mi desesperación.
Tal vez el tío Jorge era un ángel. No lo sé. Ocupó una parte importante de mi vida y el solo recordarlo, me hace sonreír. Qué bueno haber gozado de su amistad incondicional, fiel, alegre.
Tenía su dislexia, su mal vestir y su despiste natural, todo eso lo hacía aún más querible. Nunca lo sentí hablar mal de nadie, no criticaba, parecía que todo le era comprensible. Justo él que muchas veces, no se hacía entender.
Cuando se enfermó, cuando tuvo ese derrame cerebral, estuve a su lado una noche y presentí el principio del final. Pero con la misma tenacidad que logró sobrevivir a sus lagunas, al desamor y a las burlas, se puso testarudo y batalló con lo que tuvo y pudo. No recibió ni más amor familiar, ni la atención adecuada. Lo hizo con sus magros recursos y con una sonrisa. Se rehabilitó poco a poco, quedó con lesiones y aún así, siguió bueno y sonriente.
He conocido muchos hombres buenos. Pero estos dos personajes, fueron los buenos más increíbles que conocí y no creo volver a conocer similares.
Queridos buenos: gracias por haber estado en mi vida y haber compartido conmigo parte de las vuestras.
