1973

A mí más que nada…un día como hoy, me gustaría poder contar cómo nos sentíamos los que hace cincuenta años éramos jóvenes. Esa sensación de inseguridad permanente. Esa forma de miedo tan especial que caminabas tus calles con un temblor interno. Esa angustia cuando veías uniformes. Ese pánico nocturno porque hoy se llevaron a un compañero y mañana…a quién le toca?
La noche era propicia para allanar tu casa. Romper todo. Robar lo de valor. Pero más propicia para desaparecerte. Para borrarte. Para llevarte directo al infierno.
Así más o menos vivíamos en aquellos días. No todos los que vivimos esos días somos famosos hoy. Hubimos otros y otras que sin ser héroes jugamos, como pudimos, la resistencia. Debimos acostumbrarnos a vivir con miedo. A crecer sin tener la mínima seguridad por la vida ni por la integridad física. Fueron pasando los meses y años con esa especie de espada de Damóclates en la cabeza.

Muchas cosas de hoy en tu cuerpo, en el mío, son consecuencia de ese ayer. Porque no es normal ser adolescente con terror.

Tengo compañeras que dicen que no sentían terror. Yo sí. Los Ford Falcón, usados por los militares argentinos, me producían escalofríos.

En la calle sentías como te miraban. Eras una presa, una de esas indefensas, ellos lo sabían.

En las marchas, en las protestas estudiantiles, en cualquier manifestación callejera eras su presa favorita.

Nos defendíamos inocentes con clavos “ Miguelitos”, con bolitas contra los caballos, con Molotov caseras y de bajo impacto.

Y una vez que estabas en sus listas, que estabas fichada, la vida ya no era tuya. Porque pasara lo que pasara, aunque no estuvieras involucrada, llegaban a tu casa. De ser posible de madrugada. Si te llevaban no sabías si volvías. Ni donde te llevaban. Ahí ya perdías contacto con todo.

La vida era una cosa que pasaba por otro lado. La vida tuya no tenía ningún valor. Eras una presa cazada y la única razón de mantenerte viva era si tenías información.

Después, en caso de no tener la información, o de resistirte a darla, jugaban con tu cuerpo de todos los modos que el horror te pueda pintar.

Te transformaban en un guiñapo humano, pura sangre, dolor, lágrimas, orina y sudor. Puro grito. Muchos resistieron hasta morir, otros habrán muerto hasta sin resistir.

Reconozco que tuve suerte y mi resistencia no fue hasta perder el conocimiento. Pero tuve lapsus donde me hundí tanto que perdí noción del tiempo y del enemigo. Algo así como el síndrome de Estocolmo.

Y renacer al salir fue tener una fuerza tan extraordinaria que todavía no puedo entender como lo hice.

Mi cuerpo debe de tener tantos vestigios de esos días y noches de agonía. Y sin embargo, le sigo exigiendo.

Pero quería más que nada intentar, no lo logro, contar el clima que vivíamos. Aún así cantábamos, amábamos, estudiábamos… reíamos!

Creo que éramos conscientes e inconscientes, éramos demasiado jóvenes y nos creíamos muy superiores a lo que en realidad, éramos.

Vivíamos en susurros y mensajes en clave. Vivíamos pasando información y escondíamos libros, folletos, volantes. Eran esas nuestras armas. Las fotos también las escondíamos. Con lo costosas que eran. No se podían guardar las fotos: las requisaban y culpaban a todos los que salían en ellas si te las encontraban.

Teníamos que simular obedecer y las reglas de urbanidad, qué palabra odiosa, era con el pelo, el largo de la falda, el peinado, los zapatos. Había que parecer una señorita de buen vivir, otras palabras odiosas.
Esa sensación cotidiana es lo que me gustaría contar y no sé cómo.

Foto: Sara Fasio

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