No podía irme sin ver el rastro de lo que fue tu refugio, tu amor, tu delirio, tu locura, tu obsesión, tu inspiración…
Ahí está la primera casa que construiste y la que reconstruyeron para filmar tus cuentos.
Ahí hay algunos objetos que tocaste, con los que trabajaste porque no solo escribiste. Fuiste alfarero, artesano, estudioso de insectos y plantas, agricultor y escuchaste. Sobre todo eso: escuchaste. Una virtud nunca tenida en cuenta y que hoy, es algo así como una joya.
Escuchaste al aborigen, al peón, al patrón y todos los otros sonidos que te iluminaron y te hicieron alucinar. El cascabel de las víboras, el grito de los monos, los coatíes , los sapos… tantos más.
Y pasamos el laberinto de cañas para llegar y ver tu refugio. Para pensarte ahí, esposo, padre, escritor y delirante de mil cosas.
Hacía un calor húmedo e intenso, desde tu casa se divisa el Paraná, dónde habrá ido la canoa a la deriva, y aprendimos un poco del amor que te tienen aún hoy en San Ignacio. Héroe loco, escritor brillante, subió el pueblo a un peldaño literario que jamás hubieran soñado.
A mí me quedó la sensación de que tu delirio era absolutamente comprensible. Y que las mujeres te amaban porque eras seductor pero también nostálgico, triste. Siempre samaritanas las almas femeninas.
Y me regreso al lugar que te vio nacer y que seguramente marcó la tragedia de toda tu vida.
Viviré ahí Horacio, no tengo alternativa, hasta mi muerte. Seré tan valiente como tú? Quién lo sabe?
Estoy segura que dejaré como único legado algunos libros escritos más o menos bien. Jamás me acercaré a tu genialidad. Pero de todos modos me llevaré este recuerdo insano: Misiones y Salto de alguna manera nos unieron en un Universo fantástico del que solo yo puedo dar cuenta.
