El que se acercó a tu puerta y te dijo esas palabras que, justo, no pensabas escuchar pero eran deseadas. Pero no solo las dijo, te las dijo, sino que conforme pasaba el tiempo las palabras eran hechos.
Se acercó tan cauto y humilde que jugaste un poco a la Femme fatal, sin darte cuenta que en realidad, el juego era parte de algo que bullía dentro tuyo y preferías obviar.
El trabajo de la hormiga, ese que se nota después de mucho tiempo, cuando ya se devoró la planta entera, así obró. Hubiera podido hacerlo de otra manera? Es hora de que lo pienses?
Es lógico lo de la pasión desmedida, la premura, las ansias, tantos años deseando un buen amante… Podría haber sido solo eso? Te lo puedes imaginar?
Atravesar el mapa para amarse en el suelo, en la cama, probar juegos nuevos dos veces al año. Qué fue lo té impidió sugerirlo? Es que a la semana, ni siquiera lo pensaste. Era convivencia plena. Volver a lo que dijiste que no querías. Marido.
El hizo todo bien. Vos también hiciste todo bien. Y quedaba poco tiempo para la vitalidad de esa parte de la vida. Si lo hubieran hecho a la distancia: cuántos goces hubieran perdido? Cuán poco se hubieran conocido? Cuánto menos hubieran charlado y cuán poco hubieran desnudado el alma? Tal vez, de solo verse dos veces al año, hubieran vivido una frenética pasión, sin dudas. No sé si todo lo demás.
Lo demás que se vivieron y que fue duro, tortuoso, por momentos inexplicable, fue lo que los consolidó. Cuando finalmente pasó la tormenta, eran dos personas con un lazo anudado mil veces en torno y también, eran casi una sola persona.
Es irreversible. Nadie puede modificar cómo sucedió y la vertiginosa forma del amor. Lo de ustedes fue: crónica de un amor anunciado.
Tenía un sutil anuncio que solamente él intuía allá, en la distancia. Después de veinte años sin verte te recordaba. Incluso recordaba la ropa que llevabas cuando te conoció. Sí, él supo casi de inmediato que eras su destino. A vos, tan a prisa tu vida entera, tan emocional, ni se te ocurrió y cuando lo tuviste frente a vos, caíste en la cuenta, era tu destino.
A veces los hombres pueden ser más intuitivos que las mujeres. Durante años te lo ha demostrado y lo mejor es que no lo sabe. Por eso te fuiste aflojando a su sombra, por eso contaste, le narraste tu vida de una vez, te quedaste sin secretos, fuiste más transparente que nunca. Confiaste. Ese verbo que desde la adolescencia apresurada que viviste, habías olvidado. Confiar.
Hoy, casi cuarto siglo de convivencia, te cuesta aceptar la confianza que le tenés y te brota ese viejo tic de querer no confiar, tender trampas para descubrir… no sabes qué pero algo, alguien, tiene que tener ese hombre un doblez que te inspire volver a desconfiar.
Son episodios breves. Porque tu eterna desconfianza perdió razón de ser y no sos necia. Volves al abrazo sin tregua, sin dolor, sin secretos, sin preguntas. Es bueno.
Lo mejor es que descubriste que te pueden amar de esa manera que nunca, nadie, lo hizo. Es una manera de entrega total. Y él te lo dijo: mi vida es tuya, hacé lo que quieras. En ese momento temblaste: entendías el contenido extenso y profundo de esas palabras. Por un instante sentiste un peso enorme: era el primer hombre que te ponía a cargo de su vida: sin vergüenza, sin machismo, sin soberbia, sin tapujos. Te entregaba su vida.
Tal vez en ese momento te ató, te amarró para siempre. Porque no se puede abandonar a alguien que se entrega así. Ni se puede olvidar. Ni se puede no amar. Es casi una necesidad amarlo, no hacerlo sería una idiotez. Es el sueño de millones de mujeres.
En tu cabeza nunca había pasado ese sueño. Porque ni siquiera sabías que podía existir alguien, un hombre, capaz de entregarse así y abandonar todo solo para estar a tu lado.
Cómo no amarlo? Imposible. Del enamoramiento al amor en una frase. De la loca pasión al cariño diario en ese momento.
Y de todo eso a transitar un camino juntos, de la mano, codo a codo, hombro a hombro. Aún hoy parece difícil de creer. Y lo notas más en los que los observan: cabezas canosas y besos adolescentes. Cuerpos con flacideces y aún el abrazo que denota pasión.
Qué envidia les tienen. No es envidia mala, no. Es envidia de algo que nunca sentirán y que ni siquiera pueden entender que existe.
