Últimos meses del año

Cuándo comenzó todo aquel movimiento desenfrenado?, no lo sé. Estuve muy ocupada, estaba terminando mi segundo año escolar y tenía muy buenas notas. Tenía siete años y las lecturas, las mías y las ajenas, me generaban curiosidad infinita.

Mi amigo, el hijo del capaz, que insisto en recordar con el sobrenombre Chili,( o era Chali?) me regaló un perrito. De esos sin raza, con un color chocolate que llamaba la atención, el cual ocupó gran parte de mis horas libres. Era pequeño y lloraba muchas . Mamá nunca dejó que los animales vivieran dentro de la casa, debajo de la escalera, donde había una especie de lavadero, armó un viejo latón con frazadas y sábanas viejas. Pero mi perrito, Chiquito, no paraba de llorar. A mí me daban ganas de llorar con él, ya se va a acostumbrar, me decían pero yo me imaginaba: cómo se iba a acostumbrar sin su mamá y seis hermanitos.

Van a pasar meses para que deje de llorar, rezongué un mediodía mientras me vestía para ir a la escuela. Por supuesto: nadie me hizo caso. Yo seguí muy preocupada, como se suele sentir a esa edad, la hermandad con una mascota pequeña y huérfana, por culpa de que me lo regalaron.

Fue al día siguiente?, no puedo recordarlo, pero fue como un acontecimiento:

– Vengan a ver porqué Chiquito ya no llora más, dijo mamá en el comedor.

Allá fuimos. Mi gata, la que bauticé Minka y estaba en la casa cuando llegamos, se había acostado con Chiquito y lo lamía, limpiándolo. Mi perrito tenía mamá de nuevo, mi gata lo había adoptado. Suspiré aliviada.

En aquellos días me asignaron una nueva tarea: iba a buscar la leche. Una vecina de otra Chacra tenía una Vaca súper cuidada y nos vendía leche. Me encantaba ir: tenía que salir sola por el portón principal, me sentía mayor, pero nunca iba totalmente sola. Mi gata Minka y Chiquito me acompañaron siempre. Qué terceto tan gracioso y raro haríamos en los caminos pedregosos bajo la sombra de los álamos.

Y con todas esas tareas se fue el año y entregaron las notas y dijeron felices vacaciones. Pero esa vez sin acto porque ya lo habían hecho en el club social. Yo me lo había perdido. Sólo tuvimos un acto protocolar largo, aburrido, y colorín colorado.

Empezaban las vacaciones y mi padre a trabajar el doble, venía la cosecha, venía el empaque y todo lo demás. Mamá y mi hermana se ponían a dar vuelta muebles, cambiar cortinas, juntar frutas para hacer mermeladas… era agotador de sólo verlas.

Pero ese año tenía mi amigo Chili ( o Chali) y su hermana, mi perro y mi gata. El abuelo Tomas que aunque trabajaba mucho, siempre tenía tiempo para mi. Además por mis buenas notas creció mi biblioteca, tenía mucho para leer y leerle a mi gata y al perrito. Sin embargo la única que me escuchaba era Minka, porque Chiquito no se quedaba quieto, casi siempre era expulsado de mi cuarto de jugar.

Me dio pena saber que en las fiestas de fin de año no estaría el abuelo Tomás, se iba a visitar a Clarita. Para qué le habrás encontrado la sobrina, eh?- le grité a mi hermana. Ella abrió asombrada sus inmensos ojos y me dijo: Porqué tiene derecho a tener su familia!

Nosotros somos su familia desde que llegamos, dije yo.

Pero no somos su familia de verdad, dijo mi hermana, y cuándo nos vayamos? Él tiene una sobrina y tiene derecho a estar también con ella. Vive encerrado acá, trabajando.

Nosotros de acá no nos vamos a ir…

Era muy pequeña, era muy ingenua, ni siquiera recordaba que había nacido en Misiones, que vivimos allí cuatro años y de ahí, dos años en Entre Ríos. Suponía que ese lugar hermoso, donde todos éramos felices, duraría un “ para siempre “.

Y a medida que el bello verano de la Patagonia avanzaba, verano fresco de apenas 30 y pocos grados, tampoco noté sutiles cambios en los comportamientos de mis padres. Cómo pude no notar que mi padre estaba distraído, preocupado y que no sentía entusiasmo cuando me llevaba al galpón y yo me sentaba, como una señorita, y clasificaba manzanas… No había sonrisas de su parte. Casi dejaron de ir los domingos a ver fútbol. En cambio hicimos varios paseos “ para que conozcan”.

Visitamos mucho Neuquén, el dique Cordero, el lago Carlos Pellegrini y otros rincones turísticos que no recuerdo ahora.

Cómo no noté que no era costumbre de mi padre salir tanto en plena cosecha? Tampoco hice mucho caso que en los bailes de Carnaval no se inscribieron en el concurso de tango y sólo fuimos a tres bailes. En realidad tal vez, cómo me aburría y me dormía en esos bailes, me debo de haber sentido bien al respecto.

Fue el verano que más caminé ( tal vez en mi vida he vuelto a caminar tanto considerando distancia y edad), mi hermana tenía un novio y sólo si yo iba podían verse. Fue un verano de mucho helado en el pueblo, caminatas en la Avenida principal del pueblo, la General Roca.

Esconderme para no ver los besos y abrazos de los novios porque pasaron de darme curiosidad a darme vergüenza. Y volver con mi hermana callada, sin notar nada porque la edad que tenía me lo impedía o tal vez, porque no quería darme cuenta.

Insistí y perseveré ese verano para ser feliz y sentir a mi familia tan feliz como yo.

Nunca habíamos tenido tantos huéspedes en la otra casa. Íbamos casi todas las semanas a ver las condiciones en que estaba, eso propiciaba que mis amigos, los hijos del capataz chileno me vieran y me llamarán para jugar. A veces mi madre me dejaba, otras, no.

Y siempre volvíamos por el camino donde estaba la casa paupérrima de la mujer con aquel perro tan flaco, atado y ladrando, que recibía varios golpes por ladrar nuestro paso.

Pobre animal, decían mi madre o mi hermana, no entiendo para qué tiene ese animal así.

Para sacarse la rabia- dije un día y mi madre sonrió con tristeza, mi hermana me abrazó. En ese momento no me di cuenta de la realidad que había contestado.

Finales lentos de mi segundo verano. No diría tristes, diría diferentes. Pero me hizo tanta ilusión saber que comenzaba mi segundo año escolar, que sólo me preocupé por leer mucho, ir a comprar mi nuevo guardapolvo, había crecido mucho, y todos los cuadernos y lápices nuevos que guardé con ilusión.

Cómo podía saber que me quedaban tan pocos meses de alegría? Cuando los padres o los mayores hablaban cosas importantes, los niños no podíamos estar presente. Si llegábamos de improviso, se hacía un silencio y se nos mostraba la puerta. Vaya a jugar, decía mi papá y cuando me trataba de usted, era una orden que no admitía respuesta.

Así que a principios de marzo estaba feliz y ninguna nube empañaba mi horizonte.

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