Es muy posible que mis recuerdos, estos que voy contando, estén contaminados por los años que pasaron. También por el romanticismo de la infancia perdida. Otro poco porque quizás los tiempos felices se recuerdan con un frenesí desmedido.
En octubre y noviembre de ese año el trabajo de la chacra se había puesto movido, podas? limpiezas? álamos? No podría recordar, eran muchas personas que día a día iban y venían. A mí me ilusionaban las vacaciones y mis visitas al galpón de empaque. El saltar acequias y sentarme bajo mi árbol de manzanas verdes a comer y leer. Ese árbol cercano a la casa, papá lo curaba especialmente y con mis hermanos, éramos los dueños de sus manzanas. Eran grande y jugosas, ácidas y deliciosas. Si, yo estaba deseando mi segundo verano. Pero aún faltaba.
Mi papá estuvo varios días sin hablar conmigo, ponía su mejilla para que le diera un beso y no me lo devolvía. Era su castigo por mi decisión sin pedir permiso, de no bailar en el Club Social. Mi padre siempre castigó mis travesuras o desobediencias con largos silencios. La verdad, me dolían más que una palmada.
En octubre hubo aquel revuelo por los zapatos de mi hermana y papá se olvidó de su castigo del silencio. Mi hermana siempre usó zapatos bonitos, en esa época se usaban de punta muy fina y tacones casi bajos. ( Ella usarla luego tacos agujas finísimos de mil centímetros que jamás pude usar). Le habían comprado para los bailes y sus salidas dos pares muy a la moda. Unos eran de un marrón muy claro, otro de color negro. Mi hermana desobedeciendo órdenes de mamá había prestado los marrón claro. Hacía tiempo. Y la chica venía a casa a tomar el té con ellos puestos, no hacía mención de devolverlos.
Mi madre estaba furiosa. Siempre dijo que zapatos y ropa interior no se prestan ni por un rato ( era su concepto). Además, estaba furiosa porque la chica venía a casa con los zapatos puestos y no hacía mención a nada, ni ante las miradas furibundas de mamá.
Una tarde se lo dijo, recuerdo que aún hacía un poco de frío, estaban reunidas con mi hermana dos de sus amigas. Miraban unas revistas y tomaban mate dulce. Una de las chicas tenía los famosos zapatos. Mamá trajo una torta de la cocina y mientras la servía, le miraba los zapatos con ojos fijos.
La chica se fue quedando incómoda y con las mejillas rosadas. Miraba las revistas, se tapaba la cara. Mi hermana, animada por mi madre, clavó sus inmensos ojos en sus zapatos y ya no los quitó de ahí.
Llegaba mi padre en ese momento cuando mi madre, sin poder contenerse le dijo: No pensas devolverle más esos zapatos a mi hija? SOS muy atrevida, hace meses te los prestó y venís de visita con los zapatos puestos!
Hubo no sé qué intercambio de palabras, la chica tenía la cara roja, acusó a mi hermana de habérselos regalado. Mi hermana afirmó que no. No recuerdo mucho como las voces discutieron el tema de los zapatos. Después papá ofreció llevar a las chicas porque faltaba un buen rato para que vinieran a buscarlas. Mi madre no salió a saludar, mi hermana lloraba, mi hermano se reía y yo, no entendía nada.
Mi hermana seguía llorando esa noche porque se había quedado sin amigas. Y que a ella no le importaban los zapatos. Y qué mamá había sido muy bruta en decir eso.
Recuerdo que le pregunté: pero se los prestaste o se los regalaste?
– No, no, se los presté… con la plata que tienen no necesita que le regale zapatos!
– Entonces mamá tiene razón?
– Si pero pudo haber sido menos mala… ahora nadie, nadie del grupo me va a hablar más…
Seguí sin entender: era mejor tener amigas que zapatos? Me dormí pensándolo.
Los días sucesivos tuvieron ese sabor ácido de que algo estaba mal, mi hermana andaba como perdida, mamá con mal genio, papá con mucho trabajo y mi hermano, ausente como siempre.
Tal vez por esa situación tirante mi padre decidió cocinar ese domingo. Recuerdo el día hermoso, con viento susurrante en los álamos y la casa llena de luz. Mamá ayudaba a papá y mi hermana llenaba los floreros. Viendo que la situación era favorable, me fui con mi gata a pasear un poco por la chacra. Ella me seguía como un perrito.
Después la encerré en la habitación de jugar del piso alto y le leí un cuento hasta que se durmió con un ronroneo suave. Y cuando me fueron a buscar para almorzar tuve la alegría de que habían invitado al abuelo Tomás.
Papá había hecho un estofado con papas y verduras, estaba rico y en el almuerzo, la situación cambió, todos parecían más alegres. Eso me pareció.
Sin embargo fue un día terrorífico para mí. De tarde fui a alimentar las gallinas y mi conejo. Mi conejo no estaba, su conejera estaba abierta.
Fui llorando hasta la casa a decirles a todos quién había dejado la puerta abierta.
– No dejé la puerta abierta, dijo mi padre muy tranquilo, hoy lo comimos en el estofado.
Creo que grité mucho más fuerte que cuando me quebré el dedo. Miré a mi padre y mi madre, cómplice, con tanto odio como se puede a los siete años. Después llorando me encerré arriba y no bajé. La tarde corrió lentamente y mi llanto también. Mis hermanos fueron a consolarme y calmarme. Después fue mamá. Y finalmente fue mi padre que, creo, nunca subía.
Hice silencio. No hablé una palabra. Tomé el baño de la noche y me acosté sin cenar, no obedecí a mi madre. Después mi hermana me trajo leche con galletitas pero no toqué nada. Seguía llorando sin parar y sin sonidos. Sentía el pelo suave y gris de mi conejo, cuando yo lo abrazaba, lo paseaba, sus hermosos ojos rojos cuando le daba de comer… y mientras lo recordaba las lágrimas rodaban por mis mejillas.
Amanecí con fiebre y gripe, estuve un par de días en cama, casi sin comer, sin hablar y llorando de a ratos. Nada hizo que yo volviera a abrazar y charlar con mi padre cuando regresaba a casa. Él sentiría mi silencio como yo había sufrido el suyo? No lo sé. Me duró unas semanas.
Desde ese día me prometí a mi misma nunca más comer conejo y lo he cumplido.
