En aquellos años, principios de los 60, la sociedad del Sur era muy diferente a la del Norte argentino. También lo es ahora. Pero mi percepción, tan lejana, es que no ha variado demasiado.
De todos modos en el Alto Valle del Río Negro, como le llamaban, los propietarios de grandes extensiones frutales y ganaderas, eran gente de mucho dinero. Durante muchos años cuidaron sus bienes desde sus tierras y era muy fácil encontrar casas enormes y muy hermosas en chacras y estancias.
Después se fueron mudando a los pueblos, no todos pero si algunos. Por los estudios de los hijos, supongo, por tener más actividades sociales, otro supongo, vivir en las ciudades siempre proporciona otras posibilidades. Así que muchas casas quedaron semi abandonadas o como recurso de fin de semana y de vacaciones.
Cuando llegamos a La Esmeralda, una compañía había comprado muchas tierras ricas en manzanas, peras, ciruelas, nueces, cerezas y algunas otras que no recuerdo. La casona no iban a ocuparla y le ofrecieron a mi padre habitarla, de esa forma también se mantenía, y era parte de su contrato de trabajo. No éramos los dueños pero… como si lo fuéramos, porque tampoco había tantos propietarios que tuvieran un encargado general como mi padre. Era de tiempo completo y trabajo completo.
Era muy pequeña para darme cuenta que la explotación que sufrió mi padre era enorme e incluía a mi madre. Mantener esa enorme casa requería mucha atención, incluso tuvieron que pagar una ayudanta para la limpieza. Mamá se ocupó casi sola del inmenso jardín. Papá era responsable desde las cosechas, embalaje y despacho de camiones de fruta, contratación del personal y mantenimiento de la chacra con su personal estable. Se agregaba una contabilidad acorde que muchas veces, lo desveló y lo hizo contratar especialistas, pagados por él.
Pero mientras mi padre trabajaba muchísimo y mi madre mantenía su parte, nosotros nos sentíamos como los dueños y, así lo hicieron algunas familias del pueblo. Comenzaron a llegar amistades a pasar la tarde. Amigas de mi hermana sobre todo. Y era un acontecimiento porque la casa lucia impecable y había postres riquísimos.
De todas formas para mí lo más lindo era escucharlas hablar de modas y de muchachos. De quién bailaba bien y a quién había que evitar en los bailes. Ahora que lo escribo me veo escuchándolas y me veo luego, adolescente, sin querer ir a bailes para que no me eligiera alguien que no me gustara. En esos tiempos, creo que vale aclararlo, bailar era sinónimo de abrazar al otro.
De qué manera habrá influido “pertenecer” a esa clase social que no nos pertenecía? A mí me gustaba más el galpón lleno de gente trabajando como en colmenas, que los bailes llenos de brillos y las visitas en el living tomando té. Me gustaba más ir a jugar con los hijos del capataz que los almuerzos con otras familias, donde no se podía ni reírse en la mesa.
Me gustaba leerle a mis muñecos, encerrarme en mi cuarto de juguetes y cantar, estaba aprendiendo a cantar, soñar con hacerlo en público, jugar sola o con mi hermano, haciendo films de acción y del Oeste norteamericano.
De todos modos a mi edad, me pasaba totalmente inadvertida la situación que pudiéramos haber subido de escala social.
De ahí que mi primer acto de rebeldía, no se hizo esperar…
