Un dedo por dos amigos

Mi madre estuvo bastante triste por un tiempo y un fin de semana, la vi sonreír. Pensé que se había olvidado de mi hermano que no nació. Debería de pasar mucho tiempo para comprender que eso no se olvida nunca.

Un sábado por la mañana la acompañé a golpear la viga que colgaba de una casilla y que al golpearla con un hierro pesado, hacía de campana. Era la hora del almuerzo. El hierro con cabeza redonda era muy pesado. Pero yo quería ser la campana por una vez, mi hermano lo hacía, mi hermana también y mi madre. Por qué no podía un día hacerlo yo? Mi madre, agotada con mis pedidos me dió el fierro y me dijo: Bueno, dale tres golpes.

Di uno, no entenderé nunca porqué di el golpe con la mano izquierda y con la derecha sostuve la viga. El mazo de hierro hizo añicos mi dedo índice y mi grito de horror sonó más fuerte que la campana. Mamá y mi hermana me recogieron del suelo donde lloraba y apretaba mi dedo a gritos. Mamá tomó mi dedo con su mano suave pero firme, lo mantuvo derecho y pidió que le buscaran una tablita y gasas. En la mesa de la cocina forró mi hermana una pequeña tabla con gasas y mamá colocó ahí mi maltrecho dedo, lo estiró, gritos y aullidos de mi parte, y lo vendó firmemente a la tabla. Luego con un pañuelo de seda sostuvo mi brazo con la mano en alto. Media aspirina fue el calmante.

Llegaría mi padre una hora más tarde y al saber lo ocurrido, gritó, se desesperó, llamó por teléfono ( era un teléfono muy antiguo con una manija y la operadora comunicaba) y pidió por un médico amigo, hizo un escándalo. Me subí a la camioneta muy contenta, mi papá estaba afligido por mí. No pude entender porqué mamá le dijo: No le van a hacer nada…

Y mi madre no fue. Mejor, yo sola con mi papá. Llegamos a una clínica, hospital y/o sanatorio, un médico de lentes gruesos y túnica blanca y larga escuchó el relato de mi padre.

– Hay que hacer una radiografía, dijo y mi padre asintió. Puso mi mano en una plancha helada y desenvolvió mi dedo. El dolor del mundo entero apareció de nuevo. Pero el médico me miró irritado y dijo que dejara el dedo quieto. Papá me miró con aquellos ojos grises como diciendo: no me hagas quedar mal.

Qué dolor! Al final para qué? Nada! Acomodaron un poco mejor las gasas en la tablita y me vendaron de nuevo. Las lágrimas rodaban por mi cara, pero logré reprimir los gritos. Me recetaron algo para el dolor y le dijeron a mi padre que irían a verme en tres días.

Silencio en el regreso, papá compró la medicina y cuando ya entrábamos en la chacra me dijo: Tu madre tenía razón, no le digas nada, es que yo me asusté.

Y no dije nada. Iba a la escuela pero no podía escribir. Eso fue lo mejor que me pasó: los hijos del capataz iban a la misma clase y todas las tarde, íbamos después de la escuela para que mi hermana copiara mis tareas.

El médico fue durante dos o tres semanas. La mano dejó de estar roja y el dedo fue dejando de dolerme. Pero, cómo bien decía mi madre: te lo dejaron torcido, eso por sacarte la venda. Y así fue: llevo en el índice derecho mi deseo de hacer sonar una campana muy grande. La huella de La Esmeralda.

Pero tuvo un buen final porque mi madre me dejó seguir yendo a la casa del capataz y tuve, finalmente, mis dos primeros amigos. Una niña de mi edad de largas trenzas negras y un niño un año mayor, del que recuerdo, obstinadamente, las mejillas rojas, el pelo muy corto y una sonrisa despareja y permanente.

No recuerdo haber jugado con ellos en la casona pero sí en la de ellos. Era una casa larga, toda blanca, muy modesta, con un gallinero un poco más chico que el nuestro y un chiquero pequeño. Tenían muchos perros y la madre de los niños hacía un pan delicioso, en un horno de barro.

A mí me gustaba más jugar con los varones, porque subían y bajaban de los árboles y tenían una pelota de trapo. Fue la primera que pude patear en mi vida, tal vez también la última, me dolía el pie cada vez que lo hacía. Mi hermana ,que siempre me acompañaba, me dejaba patear aquella pelota de trapo, mamá no me lo hubiera permitido. (Las niñas bonitas y buenas, no juegan con los varones y menos a la pelota… hubiera dicho)

El dedo se curó y como predijo mamá: quedó torcido. Pero al fin tenía amigos en la chacra y para navidad, pedí un perrito de verdad.

Cómo era el nombre de aquellos chicos y chicas que me ayudaron a tener amigos? No sé, eran chilenos, o lo era su padre. Por qué no recuerdo ese detalle que me habría ayudado a encontrar otras huellas en Cinco Saltos? Por qué está memoria tan selectiva?

Los olvidé porque eran pobres?

Los olvidé porque no cambiaron nada en mi vida?

Cualquier respuesta es triste. No recuerdo sus nombres, ni apellidos, recuerdo nuestras corridas, la casita limpia y modesta, el sabor del pan casero y sus caras… no puedo recordar sus nombres.

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