… esa mujer que jamás depiló sus cejas…
… esa que no pudo y no puede callarse, la que a veces estalla en una ira pasajera y perdona a los pocos minutos.
Soy yo, de verdad, cuando me callo, me meto muy adentro y me declaro en “ código de silencio”.
Soy la enamorada de los niños y de los gatos, la que escribe por diversión o catarsis, la que no asume su biología y pretende hacer mil cosas a la vez. La que prefiere escribir o leer antes que cocinar.
La que ama caminar pero es perezosa , la que ha hecho mil dietas y ha manejado nutricionistas de todo tipo, buenos y de los otros ; la que en esa lucha denodada por negar esa genética italiana padece intolerancia al gluten…
La que se siente presa en este cuerpo de más de sesenta porque se siente mejor con niños y jóvenes. La ingenua que sigue creyendo en las personas y que confía en su instinto que muchas veces, ha fallado.
Sigo padeciendo de la creencia que el mundo debería repartir la riqueza de unos pocos, que los derechos humanos no son respetados y que siempre va a intentar estar del lado del desprotegido.
Lectora asidua y cinéfala por elección propia, poco sociable, evitadora de fiestas y tumultos, quejosa por demasía y respondona a demanda. Soy yo… una mujer pésima y buena gente, atea por convicción pero hablo con las fotos de mis muertos queridos.
Ansiosa, insomne por naturaleza, amante del café y la charla amena en una sobremesa que ya no existe. Enamorada de las nuevas tecnologías y miedosa de las mismas.
Aveces me aburro con facilidad y otras, repito hasta lo increíble. Soy tan incapaz de traicionar o ser infiel como soy propensa a sumergirme en un mar de contradicciones. Casi siempre respondo mejor a la nostalgia y la depresión que a la alegría y el optimismo. Sin embargo me han asombrado las luchas que he dado y lo indomable que he sido.
Todo un caos y todo muy complejo, de todos modos he aprendido a amarme. Así, conflictiva, nostálgica, depresiva o luchadora.
Exactamente así lo han dicho muchos escritores: se llega a la vejez y recién ahí, cercana ya la muerte, se aprende a vivir.
Estoy por primera vez aceptándome tal cual soy y aprendiendo en cada instante que la vida, ni da revancha, ni más tiempo que este: el único que tengo.
Estoy aprendiendo a derrochar cada instante vivido y a agradecer cada uno de ellos. No sé si es tarde, los aprendizajes suelen ser lentos. Sobre todo los más simples, los cotidianos, eso son los que aprendemos después del álgebra y la trigonometría.
Gracias doy también por esta catarsis que me ha permitido la escritura. Por todas las páginas que logré escribir y por todas las otras, las que logré leer.
Gracias.
