No fue cualquier almacenero

La gente joven quizás no conozca al almacenero del barrio, como lo conocì yo. Era ese señor que te vendía de todo, que tenía un poco de todo, que vendía por gramos, que usaba papel de astrasa y que te atendía incluso, fuera de su horario.

El almacenero sin libreta, para apuntar tu deuda y pagar a fin de mes, no existía. Y siempre hubo de los engañados: no le pagaban y luego hacían cuenta en otro almacén. También los engañadores: había que controlar cada día que anotaran lo que se había llevado, y sumar a fin de mes.

Cuando volvimos de mi lugar de nacimiento, Misiones provincia argentina, fulgor de las cataratas de Iguazú, vinimos a la ciudad materna de mi madre y ahí, el eterno almacenero era don Revello. Era una esquina inmensa, de una casona antigua, que habían acondicionado para el almacén. Tenía cosas maravillosas como pesas de bronce, frascos y medidas de todos los colores, en fin, a mis cinco años era un mundo por descubrir.

Mi familia era muy fiel almacenero, toda la familia vivía en el Barrio. Dor Revello era un almacenero común, así lo creía yo por ese tiempo, tenía bigote finito, no era muy alto, tenía una incipiente pelada en su pelo siempre rígidamente peinado hacia atrás, un poco de barriga que ocultaba bajo su delantal crema, siempre bien planchado.

Siempre estaba leyendo algo, desde un diario, una revista, un libro, una enciclopedia. Vivía como buen solterón con su madre muy anciana y sus dos hermanas, solteronas también. Católicas en extremo, hasta para ir a misa dos veces por semana y rezar el rosario cada atardecer. Cuando la letanía del rosario comenzaba Don Revello, cerraba la puerta de comunicación a su casa, se enfrascaba en su lectura o conversaba sin parar con los clientes.

Mientras pasaba el tiempo y yo crecía sin parar, lo seguía visitando, mi hermana era muy de ir por ir, es que ella era muy lectora y me llevaba diez años, se quedaban charlando horas de autores, yo no entendía nada, y como me aburría, jugaba con las pesas y los frascos. Con el tiempo, iría llamándome la atención la charla y comenzaría a parar mis orejas.

Que el almacenero no era uno cualquiera era obvio, se atrevía a hablar de ateísmo en la casa de una madre y hermanas casi beatas. Se animaba a leer sin parar todo tipo de libros. Era un almacenero por designio o por fatalidad, tal vez por haraganería, pero su lugar detrás del mostrador, no le hacía justicia.

Sin embargo qué bien le hizo a nuestras vidas, a mi hermana y luego a mí, era nuestra biblioteca, la más prohibida. Mi padre era muy lector y mamá también pero sus lecturas eran las clásicas de la época, no teníamos demasiados libros escandalosos. Jamás hubiéramos conocido a Annais Nin, ni los evangelios apócrifos, ni algunos libros sobre la anarquía.

Celosamente guardo en mi memoria la Enciclopedia del Conocimiento Sexual. Mi hermana ya tenía más de veinte años cuando don Revello se lo prestó y ella me dijo: Nunca había leído algo así, ni conocía mi cuerpo. Y gracias al almacenero algunos conocimientos sobre la sexualidad que luego los leería en libros importantes, me llegaron tempranamente a mi vida.

Una persona sin importancia, un triste y solterón almacenero que terminó sus días tras el largo mostrador de madera, me hizo entender a temprana edad la importancia de conocer mi cuerpo, la importancia de saber que la mujer no sólo tenía que estar debajo del hombre sino que se le permitía gozar y el mejor amante, era el que lo lograba. La mujer como simple útero, no era la precisión del libro, sino como objeto de goce sexual con el mismo derecho que el hombre. Creo que era muy joven pero cuando enfrenté los otros libros a los 16 años, no me sorprendieron como a mis amigas, no me escandarlizaron como a sus familias y en mi casa, por suerte, nadie me prohibió leerlos.

Miren ustedes, un señor almacenero fue el que me hizo ser mucho más exigente con mi vida sexual. Gracias Don Revello. Anarquista de Ley!

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