La realidad de los monaguillos.

Marta… en serio te lo digo, la realidad de los monaguillos fue mucho más que una chiquillada. Fíjate, toma nota de todo lo que hicimos . Para comenzar estábamos en plena rebelión religiosa y se te cruzó por la cabeza ir todos los primeros viernes de mes, a misa. Eso ya rayaba en lo de vieja de cincuenta y teníamos trece o catorce. Partí de esa base.

No me invitaste, es verdad, pero pasaste por casa y me informaste dónde ibas, al Colegio de los Padres Capuchinos, misa de siete, una promesa. Dijiste eso e inmediatamente decidí acompañarte. Cómo iba a dejarte sola. Aún en contra de cualquier principio eclesiástico insalubre, eras mi amiga del alma. Así que nos fuimos juntas.

Desde el momento que supe que en los dos primeros bancos, tal vez tres, estarían los monaguillos, supe o comprendí que ese furor religioso tenía otras aristas. Creo que a la segunda misa ya sabía cuál era el monaguillo que te parecía lindo, obvio que busqué otro para poder transgredir juntas: enamorarnos de “hombres prohibidos “. Y fuimos poniéndoles sobrenombres a todos, los elegidos y los no, porque de alguna manera había que nombrarlos. Al principio sólo nos reímos un poco en la misa, solo los miramos de lejos, solo hicimos un poquito de alboroto tibio, diría yo…

Ah, pero no pasó desapercibido y desde el día que se atrevieron a distraerse, ellos, sí ellos, los prohibidos, los futuros sacerdotes, y nos miraron, nos lanzamos hacia bancos cercanos. Las risas fueron más fuertes y las miradas casi directas. Yo no sé de dónde nos venía esa audacia: de la rebeldía de estar en la Iglesia, de pura transgresión o de todo eso más las hormonas haciendo lo suyo.

Y ya no alcanzó el primer viernes de cada mes, porque los otros viernes también iban ellos a misa. Tampoco alcanzó la misa, porque cada día al salir del Colegio de Monjas teníamos que pasar por la puerta del Seminario y la Iglesia. Tal vez, soñábamos, que a otra hora, sin la presión del cura, la misa, los óleos y la gente, nos veríamos más a solas y sucedería algo más que sonrisas disimuladas o miradas casi intensas.

Qué soñaban nuestras cabezas tan ingenuas y audaces? Por eso hoy, amiga querida, lo escribo. Éramos apenas púberes, llenas de romanticismo y fantasías, pero la fibra de la transgresión y la desobediencia: ya germinaba. Y no, ni siquiera eran lindos!!! Cerrá tus ojos, intentando recordar, no eran ni siquiera muchachos bellos. Eran solo prohibidos.

No sé tú madre y la mía que habrán pensado de aquella religiosidad que de pronto nos ocupó las tardes, tal vez se sintieron seguras y nosotras más cerca del pecado y del peligro, nunca habíamos estado.

Ni siquiera hoy que soy abuela diplomada, logro sospechar hasta donde hubiéramos llegado. Ni siquiera habíamos besado un chico. Creo que de sexo conocíamos mucho menos de lo necesario. Qué hubiera sucedido si uno de esos monaguillos provocados por nuestra ingenuidad púber, dicen que eso tienta realmente a muchos hombres, nos esperaban en la Iglesia vacía, en alguna de nuestras visitas a mediodía y nos arrinconaban?

O si descubrían nuestros juegos locos en los confesionarios y se metían dentro? Nos hubieran defraudado? Nos hubieran asustado o nos hubiéramos vuelto locas de amor primero?

Reflexiones al margen, me siguen los recuerdos. Mi viejo había avisado que a fin de noviembre nos íbamos con él al Sur, en lugar de alegrarme me ganó la desesperación. Tenía que dejarte sola tres meses y además, ni una foto teníamos. Las fotos eran importantes, por supuesto no a este nivel, pero estábamos en el medioevo fotográfico y me habían regalado una Kodak. Yo tenia que llevarme una foto de “nuestros seminaristas “ y nosotras. Ese mínimo detalle, aliviaría mi tristeza allá, en la Patagonia argentina.

Así qué nuestra presencia en la Iglesia del Seminario fue cada vez más asidua: cada hora libre podíamos caminar tres calles y entrar con caras de beatas buscando espacios de oración. Cada tarde ofrecían la misa de las 7 de la tarde, cada pequeño mandado estábamos a pocos metros, y estoy segura, nos inventamos alguna que otra excusa.

Las misas de las 7 iban en ascenso de emoción en emoción. Ya ocupábamos el Banco siguiente de los seminaristas, ya reíamos pícaramente casi todo el oficio y buscábamos las miradas sin precaución. Esperábamos a comulgar casi al final, cuando “ ellos” iban.

Y teníamos que llegar una mañana y tomarnos una foto. Vos te reías, como siempre sin parar ni descansar, mi cabeza imaginaba qué carajos le iba a decir al cura para sacarnos una foto con los monaguillos. Qué desastre!

Llegamos y entramos como si fuera normal allá en aquellos años, dos niñas del Colegio de Monjas, entrando al colegio recio y varonil de los Curas!

Fue casi pasando la entrada que el cura con cara de vinagre, nos vió, nos reconoció y se vino como una flecha venenosa. Mi parloteo de qué necesitaba sacar una foto fue cortado abruptamente por un buen reto de esos que te dejaban la cara roja. Que ya basta, dijo, o algo similar, que ya nos había visto de tarde en la Iglesia, que sólo íbamos a molestar, que era una vergüenza y que nos retiráramos inmediatamente… es algo así lo que recuerdo.

Pero no fue suficiente la humillación, cuando nos íbamos, tentadas de risa pero estoicas y de cara al viento, uno de “ nuestros “ seminaristas se nos cruzó y nos dijo con la cara roja: váyanse de acá…

No me acuerdo si corrimos o caminamos hasta casa, desenfrenado debe haber sido nuestro paso… interminable el parloteo y las deducciones. Habrá seguido esa charla durante horas. Deducción e interpretación. Pensamos en algún momento lo mal que lo estarían pasando aquellos muchachos? Pensamos que nuestro ingenuo coqueteo los podría estar atormentado de alguna manera? No sé qué pensamos, pero te apuesto que nos quedamos frustradas y humilladas. Tristes no, sacadas de quicio, sí creo que si…

De todas nuestras locas aventuras, de nuestras desventuras, fue una de las que más recuerdo. Por nuestra transgresión inocente y por el desenlace fatal que nos estaba avisando querida mía, que tú risa y la mía, no durarían para siempre y que la vida, exigiría más… mucho más.

Pobres seminaristas… qué habrá sido de ellos? Serán curas pedófilos? Serán santos? Habrán terminado el sacerdocio? De una cosa estoy segura: ni nos recuerdan, ni siguen siendo cómplices cómo estás dos viejas amigas.

2 comentarios sobre “La realidad de los monaguillos.

  1. Me encantó el relato, además me reí bastante, es muy ameno y real como la vida misma, en aquellos tiempos, yo también estudié en un colegio religioso.

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